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viernes, 28 de noviembre de 2014

10 cosas que me enseñó el NaNoWriMo

Para quienes no sepan de qué se trata el NaNoWriMo (o National Novel Writing Month; en español: Mes Nacional de Escritura de una Novela), es un evento que transcurre todos los años entre el 1 y el 30 de noviembre, y cuyo objetivo es escribir una novela de, mínimo, 50.000 palabras durante ese mes. No cuentan las palabras que hayamos escrito antes del día 1, ni las que escribamos después del 30. La historia puede pertenecer a cualquier género literario, y no hay obligación de escribir cada día 1667 palabras (el mínimo que deberías hacer a diario para llegar a las 50.000 a fin de mes), siempre y cuando compensemos en algún momento la diferencia de palabras.
Cuenta con la ventaja de que, al tener que registrarse en la página oficial para ganar el reto (www.nanowrimo.org), uno puede compartir experiencias en los foros que tiene incorporados y recibir consejos de otro participante. Aunque, claro está, uno puede hacerlo fuera de la página también. Pero el chiste es, no sólo que a fin de mes tengamos una novela nueva escrita y lista para corregir, sino que quede registrado el logro que obtuvimos en ese mes.
En fin, en otra entrada les voy a contar más sobre el NaNoWriMo en sí. La finalidad de esta entrada es contarles qué me enseñó mi primera experiencia NaNoWriMo.
1: La falta de tiempo es sólo una excusa para no escribir.
Acá es cuando van a salir a decirme: sí, pero tengo que trabajar, estudiar, atender a los chicos, cocinar, cuidar mi granja de gremlins mafiosos... Sí, sí, sí. Pero al final del día, será sólo una excusa para no escribir. Yo también, hasta el mes pasado, creía que no tenía tiempo para hacerlo. También creía que tenía que dejar hechas muchas cosas antes de irme a dormir, y que me iban a consumir el tiempo que tuviese para escribir. Pero nada más lejos de la realidad.

Ya sea que escribamos 100 palabras o 10.000, la cuestión es que lo hagamos. No importa cuánto. No importa en qué momento del día. Incluso si tenemos media hora libre nada más, les aseguro que en esos 30 minutos se puede hacer mucho. Este mes descubrí que en 20 minutos puedo llegar a hacer hasta 1200 palabras, así que en media hora podría hacer 1800. No es poco. La clave está en centrarse en escribir, en no prestar atención a nada de lo que sucede alrededor durante el tiempo que tengamos libre para escribir (a menos que sea algo grave, pero convengamos en que no siempre sucede algo grave).
No importa si son 10 minutos o 10 horas, ni si salen 100 o 10.000 palabras. La cuestión es ESCRIBIR.
2: Lo que estamos escribiendo es un primer borrador, y no tiene por qué ser perfecto.
Si tenemos todo el día libre, podemos permitirnos el lujo de pensar en profundidad cada palabra que vamos a escribir, de modo que la escena resultante tenga pocos errores, y por consecuencia, haya la corrección deba ser menos intensa. Pero si nos toca un día libre completo, antes que no escribir nada es mejor escribir palabras rápidas, oraciones que apenas pensemos. Y ahora me dirán: sí, pero lo que va a quedar va ser una porquería. No, no necesariamente. Si tenemos la idea antes de sentarnos a escribir, no va a ser una porquería, aunque sí será probable que a la hora de corregir tengamos que trabajar más sobre esa escena. Sin embargo, esto no es negativo como pensamos en un principio. Es parte del proceso de escritura, y no te hace ni mejor ni peor escritor que aquel que piensa cada palabra en profundidad cada vez que se pone a escribir.
Hay que recordar que el primer borrador JAMÁS es el libro definitivo. Ni los clásicos más geniales de todos los tiempos fueron perfectos desde el primer momento. Y aunque pensemos en detalle cada palabra antes de escribirla, eso no va a salvarnos de tener que corregir.
3: Los bloqueos no son excusas para no escribir.
Créanme en este punto más que en ningún otro: vengo de un bloqueo que me duró más de un año, y no fue por falta de ideas. Fue el tipo de bloqueo que te impide escribir aunque tengas muchas. Pero, ¿saben qué? El bloqueo en realidad está en nuestra mente, y se genera, en muchas ocasiones, ante el pensamiento casi inconsciente de que podemos fallar, de que lo que estamos haciendo no vale la pena y que no somos lo suficientemente buenos como para escribir una historia.
No, nada de eso es cierto. Si tenemos una historia que contar y queremos hacerlo, tenemos todo el derecho de escribirla. Sin importar si de eso sale una genialidad o una porquería. ¿La mayor parte de las veces? Nosotros subestimamos lo que hacemos, y de ahí surge el bloqueo. Lo mejor es ver el texto que producimos con ojo crítico, pero no obsesivo, y pensar que después vendrán las correcciones que lo mejorarán.
4: Si nos lo proponemos, podemos ser constantes en la escritura.
Esto está muy relacionado con el punto 1. Van a decirme que no siempre tienen tiempo para escribir, así que no pueden ser constantes. Pero como dije antes: no importa si escribimos 100 o 10.000 palabras por día. Lo que importa es ESCRIBIR. Aunque sea poco. No tiene que ser de domingo a domingo, aunque sí deberíamos escribir, como mínimo, cuatro días a la semana. Si es más, mejor. Si es todos los días y eso nos funciona, mejor aún.
 
Es válido también escribir sólo cuando se nos vienen las ideas a la mente, pero a la larga creo que es traicionero. Yo hacía eso, y en cuanto dejé de estar inspirada, o de recibir esa inspiración cada cierta cantidad de tiempo, abandoné el proyecto en el que estaba trabajando en ese entonces. ¿El resultado? 4 novelas por la mitad, o menos.
La ventaja que nos da ser constantes es que, al tener un objetivo casi diario, avanzamos con la novela más rápido, y eso nos motiva a seguir adelante aunque la inspiración no esté presente.
5: No siempre es efectivo alejarnos de las distracciones.
Es muy común apagar internet o irnos a un sitio en donde las distracciones sean mínimas a la hora de escribir. Pero si por alguna razón no podemos hacer ninguna de las dos, la opción no es acabar por no escribir y esperar un momento más “oportuno”. En este mes me di cuenta de que usar la técnica de la recompensa funciona bastante bien si uno adquiere disciplina. Hay que establecer ciertos retos, como: "si escribo 1000 palabras, puedo navegar cinco minutos en internet", o "no vuelvo a prender la televisión hasta que tenga lista esta escena". Puede sonar estúpido, pero da resultado.
La clave es tener disciplina. Y aunque suene más estúpido todavía, si no la tenemos se puede adquirir a través de la constancia en la escritura. Porque al final todo se centra en eso: si escribimos todos los días, al final se convierte en un hábito (y ya dije antes, que para crear un hábito se necesitan 21 días; si no me creen, miren esta página dedicada a la escritura: http://www.comoescribirunlibro.com/por-que-deberias-escribir-todos-los-dias/). Una vez que es un hábito, resulta mucho más sencillo sentarnos a escribir.
El problema que tiene prohibirnos las distracciones es que más vamos a anhelarlas, y el resultado será que no podremos concentrarnos. Eso, al final, nos conducirá a una sola cosa: las mismas distracciones que estamos tratando de evitar.
No olvidemos que el cerebro es como una computadora, y si la sobrecalentamos, si no le damos un descanso, funciona mal.
6: Escribir una novela no es tan complicado como parece.
Si tenemos las ideas, se supone que debería ser sencillo. Pero si improvisamos, como hice yo a lo largo de este mes, no tendría que resultar muchísimo más complicado. Después de todo, cuando planificamos la historia, aunque nos lleve meses hacerlo, de un modo u otro estamos improvisando.
¿Falta de ideas? No creo que un escritor se quede sin ideas. El escritor es creativo por naturaleza, como todo artista. ¿Por qué, entonces, nos "quedamos sin ideas"? Por lo mismo que en el punto 3: por el temor a fallar. Quizás, en el inconsciente, tengamos cientos de miles de ideas que, de dejar de lado este temor, saldrían a la luz apenas ponemos los dedos en el teclado.
¿Musa inspiradora? No creo en las musas. Creo en la creatividad, que es otra cosa. Si uno es creativo, tiene que creer en la creatividad que posee, y confiar en ella a la hora de escribir. No es ser soberbio ni creído. Es aceptar una realidad de nosotros mismos que, le pese a quien le pese, está allí. La inspiración llega sólo si confiamos en nuestra creatividad. Pero incluso cuando eso suceda, acabaremos por darnos cuenta de que la inspiración está sobrevalorada, y que no es más que la creatividad misma en la que confiamos.
7: Cuando escribimos, tenemos que escribir para nosotros mismos.
Nunca entendí esta frase hasta que empecé con el NaNoWriMo. Creía que se refería solamente a que tenemos que escribir las acciones que queremos que sucedan a lo largo del libro, que no debemos dejar que el lector influya en nuestro pensamiento. Que no hay que pensar en qué quiere el lector, sino en lo que es mejor para la historia.
Pero también deberíamos incluir otros aspectos, como lo que opinaría el mercado editorial, los editores mismos, lo que está de moda, etc.
NO.
Cuando escribimos, no tenemos que pensar en nada de esto. Porque de lo contrario, ¿qué historia estamos contando? ¿La historia que nosotros queremos, o una historia basada sólo en la idea de la comerciabilidad? Pero hay que tener en cuenta que cando una novela está escrita sólo desde lo comercial, se nota. Y mucho.
Cuando escribimos, tenemos que dejar de lado TODO: las editoriales, los editores, los lectores, lo que puedan pensar los demás, la moda, incluso los consejos que nos hayan dado para escribir. ¿Por qué? Porque sólo así podemos ser auténticos, y podremos escribir sin sufrir el famoso "bloqueo de escritor" (que como dije antes, no creo en él; en este caso también es un miedo a fallar, a no poder cumplir con las expectativas que los DEMÁS tienen para nosotros, cuando sólo deberíamos cumplir con las NUESTRAS).
Recordemos que luego tendremos tiempo de corregir, y es mejor hacerlo con un texto honesto antes que con un texto plástico. Recién entonces aplicaremos sólo aquello que nos aconsejaron y que consideramos que se adapta a nosotros.
Como digo siempre: todo consejo que no se adapte a nosotros, que no consideremos que funcione en nuestra escritura, hay que dejarlo a un lado. Aunque venga de un Premio Nobel.
8: Ponerse metas ayuda a avanzar.
Aunque suena loco levantarse un día y decir “voy a escribir este proyecto en 30 días, y para eso voy a escribir no menos de 2.000 palabras diarias” (o 3.000, o 4.000, o el número que quieran), tener un mínimo ayuda mucho a avanzar.
Si nos proponemos no irnos a dormir sin antes haber escrito el mínimo diario, a medida que pasen los días nos será mucho más sencillo alcanzar ese número, y llegará un momento en el que nos sorprenderemos al ver lo fácil que empezó a resultarnos la escritura. Y sobre todo, al ver un avance constante en el contador de palabras, podremos comprobar con satisfacción que el proyecto crece en lugar de quedarse estancado. Esto es parte de la constancia, y está relacionado con los puntos 1 y 4.
En 30 días podemos escribir una novela de 100.000 palabras si queremos, o de 200.000, o incluso de 300.000. Es cuestión de proponérnoslo, y sobre todo, de querer lograrlo. Habrá quienes digan que es una locura, pero creo que más locura es querer escribir algo y no hacerlo. No tiene lógica.
9: Cuando vemos que estamos cumpliendo con nuestro cometido, empezamos a entusiasmarnos cada vez más con lo que hacemos.
Al empezar el NaNoWriMo, no creía que fuera a durar. Pensaba que llegaría sólo a las 15.000 palabras, o como mucho, a las 25 páginas. Apenas es el día 28, pero ya llegué a las 90.000 palabras y a las 277 páginas. ¿El secreto? Todo lo que dije antes, pero sobre todo, la constancia. Esto nos lleva no sólo a terminar una historia, sino a entusiasmarnos por acabar proyectos que dejamos abandonados a medio camino, e incluso a comenzar y terminar otros.
Ni siquiera dejé lista esta historia todavía, y ya estoy pensando en su secuela. Saber que puedo terminar algo en un tiempo descabelladamente corto hace que me sienta motivada a seguir con el proyecto en el que estoy trabajando, o a empezar uno nuevo. Lo importante es mantenernos motivados. Como sea, pero jamás perder la motivación. Porque esa motivación, es el motor de la constancia.
10: Es muy importante confiar en nosotros mismos.
Cuando escribamos, habrá muchas personas que querrán apoyarnos, pero también muchas que se dedicarán a desalentarnos. Aunque vean que avanzamos, tratarán de desmerecer nuestros logros, de hacernos creer que no lo terminaremos, o que estamos perdiendo el tiempo, que nos falta mucho para mejorar antes de ser mínimamente buenos. También habrá quienes nos subestimen como escritores, seamos publicados o no. No importa cuánto lo intentemos, para muchos siempre seremos novatos que no saben cómo escribir.
Pero al final, cuando terminemos la historia, esas mismas personas vendrán a felicitarnos junto con quienes hayan creído en nosotros desde el principio. O tal vez no lo hagan, porque la envidia los estará corroyendo.
Lo importante es que a esas personas que trataron de ponernos obstáculos en el camino las ignoremos. Sólo debemos quedarnos con quienes nos hacen bien, y no envidian lo que hacemos, sino que están dispuestos a aprender de nosotros, y a su vez, enseñarnos algo que nosotros no sabemos.
¿La gente que critica? Créanme: lo hacen por envidia. Quizá porque no creen en sí mismos, en que pueden lograr lo mismo que nosotros logramos, y tratan de desmerecer a los demás para sentirse mejores consigo mismos, en un vano intento por creer que al criticar a los demás ellos se convierten en eruditos. Por desgracia, hay muchos de esos.
Pero esta vez los ignoré. Esta vez, no dejé que el hecho de que me subestimaran me afectara. Porque después de todo, a pesar del “bloqueo” que tuve, llegué a la última parte del NaNoWriMo, y la historia que estoy escribiendo está a punto de concluir. Esa es la única prueba que necesito para saber que logré mi cometido.
¿El resto? Que hablen. Habrá muchas personas que nos envidiarán, ya sea que seamos nuevos o no, buenos o malos en lo que hacemos, o publicados o no. Y la mayoría de las veces no entenderemos por qué lo hacen. ¿Pero saben cuál es la razón? Quienes envidian lo hacen porque quieren lo que el otro tiene, lo que el otro logró, porque no confían en que ellos pueden lograrlo también. O porque eso era lo que ellos querían, pero no lo consiguieron por falta de confianza.
La clave, en todo lo que hagan, está principalmente en la confianza que se tengan. No hay que ir de soberbio por la vida, pero tampoco hay que subestimarnos.
¿Creen que pueden escribir algo? Vayan, y demuéstrenle al mundo que pueden hacer eso, y mucho más ;-)

jueves, 25 de septiembre de 2014

¿Bloqueo o miedo?

Cuando empecé a escribir historias no creía en los bloqueos. Para mí, escribir era algo tan natural como respirar; tan sencillo como inhalar y exhalar. No creía que alguien que consideraba la escritura como una extensión de su propio cuerpo pudiera, alguna vez, sentirla distante o imposible. Tampoco creía poder sentir algún miedo con respecto a ella, porque confiaba en mí, en que podía escribir lo que veía en mi mente.
Al escribir, todos tenemos miedo en algún momento. Miedo de que la historia no sea lo suficientemente buena, miedo de que los lectores no se enganchen con ella, miedo de que tal o cual situación resulte ridícula, en fin... Los miedos pueden ser infinitos en cuanto a lo que la historia se refiere. El problema conmigo era que no tenía ninguno. Confiaba en la historia tanto como confío en que cada mañana el sol va a salir por el este; confiaba en que, aunque hubiese nubes en el cielo, el sol iba a seguir estando allí, tras ellas, manteniendo con vida un día que tenía sus horas contadas. Y aunque llegara la noche, sabía que era cuestión de horas para que el sol volviera a aparecer. Eso era lo que creía: si había algo mal con la historia, por muy oscuro que estuviese, o por muchas nubes que taparan el sol, éste iba a volver a aparecer y me haría ver las cosas con claridad. Nada que estuviese mal con la historia podía ser eterno. 
Todavía lo creo.
Pero hay veces que las nubes se transforman en tormentas. Y hay tormentas que se transforman en huracanes.
Podría decir que el último año ha sido un huracán para mi escritura.
Lo que una vez fue un día soleado para mí, se convirtió en una tormenta tropical que puso mi mundo patas para arriba. Lo convirtió en algo a lo que me cuesta adaptarme, incluso superarlo. Ahora, cada vez que escribo tengo dudas abismales, pero no de aquellas que se pueden solucionar cambiando una escena. Cuando escribo, ahora me hago las mismas preguntas, una y otra vez: ¿y si esta frase es demasiado sencilla?; ¿y si es demasiado complicada?; ¿y si es demasiado mundana?; ¿y si no está a la altura de lo que el arte literario se supone que es?; ¿y si me dicen que mi estilo es demasiado simple?; ¿y si me dicen que es demasiado complejo?... Y así, podría seguir con miles de "¿y sí...?". Después de todo, ¿no es nuestro sueño que nos publiquen un libro? Para lograr eso, tenemos que ser realmente buenos, ¿no?
Es ahí, en esa pregunta, cuando mi cabeza hizo un clic hace un mes: ¿es necesario ser bueno para que te publiquen?
¿Qué es ser bueno en la literatura?
Cada lector tiene un estilo de escritura preferido, el cual varía de persona a persona. Lo que para mí es genial, quizás para otro es un jeroglífico que no puede descifrar y que lo aburre a más no poder. Y lo que para mí es demasiado simple, tal vez sea poesía para el que tengo al lado. ¿Cuántas veces nos ha pasado que leemos un libro que es aclamado internacionalmente, que es un súper best-seller, y a nosotros no nos parece gran cosa o no nos gusta? ¿Y cuántas veces nos pasó el caso contrario, que leemos un libro al que nadie le presta atención, o a nadie le gusta, y se convierte en uno de nuestros libros favoritos?
Esto pasa porque cada cabeza es un mundo; cada mente interpreta las cosas de distinta forma; cada persona tiene gustos diferentes a los del otro. Y es por eso que después de darle muchas vueltas al asunto, llegué a una conclusión a la que me hubiese gustado llegar hace tres años: no hay estilos de escritura buenos o malos. Hay distintas formas de ver el mundo de las letras y distintas formas de interpretarlo, pero de ningún modo podemos calificar de malo o bueno lo que plasma en palabras un escritor. De nuestro gusto o no, sí.
Entonces, repito, ¿qué es ser bueno en la escritura?
Para mí hay un solo requisito, y es seguir las reglas del idioma. Todo lo demás no importa, porque la escritura no tiene reglas, más allá de las lingüísticas, por mucho que algunos se empeñen en decir lo contrario. Hay quienes tienen estilos simples, y hay quienes tienen estilos complejos, y también los hay de estilos que oscilan entremedio de ambos. Hay escritores que describen, hay otros que dejan las cosas a la imaginación del lector. Hay escritores que aman escribir libros largos, así como hay otros que prefieren los cortos. Hay escritores que odian el género terrorífico, y hay otros que odian el fantástico. Por poner algunos ejemplos, pero esto pueden aplicarlo a cada aspecto que se les ocurra.
¿Qué está mal de todo esto que mencioné?
Nada. Porque visiones del mundo hay tantas como personas que lo habitan. Si no se está dañando a nadie, ¿entonces por qué tener miedo de lo que uno hace? ¿Por qué sentir tantas dudas en lugar de aceptarnos tal y como somos, con nuestras habilidades y limitaciones, con nuestras virtudes y defectos? Nadie puede escribir un libro que guste a todo el mundo. Si ni siquiera la Biblia es capaz de eso, ¿por qué buscamos gustar a todos si sabemos que nunca vamos a poder hacerlo? ¿Por qué sentimos esa necesidad de ser buenos, de no tener defectos en la escritura, de saber que somos escritores nóveles pero aun así tratar de parecer mucho más expertos de lo que es necesario para nuestro estatus?
A mi modo de ver, es porque así es como te plantean el mundo literario. Te dicen que hay que ser bueno para entrar en él, pero nunca te dicen qué es ser bueno exactamente. Un día uno piensa que lo que escribió no es publicable, pero al otro día sale un libro a la venta con errores garrafales de ortografía, o de gramática o de sintaxis. Uno cree que lo que escribe no es original, pero al mes siguiente sale a la venta un libro que parece una copia de otros tantos, y sin embargo tiene éxito. Ahora es cuando me dirán "sí, pero si miras las opiniones de los críticos, te vas a dar cuenta de que no es bueno". La opinión de los críticos me importa muy poco. Hay películas que son alabadas, que ganan un Oscar, y cuando las vemos pensamos que no es para tanto, que es otra película del montón. Hay autores que ganan un premio Nobel, y quizás nunca oímos hablar de ellos, o sus libros no nos parecieron la gran cosa. Hay comidas cuyo precio es casi astronómico por lo lujosas que son, y cuando uno lo analiza termina pensando "¿qué tiene esto de lujoso? Son las huevas de un pescado", como es el caso del caviar. Y a pesar de eso, hay gente que dice que no hay mayor manjar, cuando otros se conforman con menos, tal vez con un guiso o una simple manzana.
Todo es relativo, y eso hay que tenerlo en cuenta para no caer en un bloqueo que nos impida escribir. Por desgracia, me di cuenta de esto después de estar bloqueada durante un año, tal vez más. Me dejé llevar por opiniones que, aunque eran tan válidas como las de cualquiera, no debería haber tenido tan en cuenta. Más adelante les voy a contar por qué me pasó esto exactamente, para que si les llega a pasar en algún momento, estén advertidos y puedan correr antes de que los atrape en una vorágine que les dé vuelta su confianza en su escritura. Esto que me pasó, y que seguro les pasa a otras personas también, no es un simple bloqueo de escritor. Es un bloqueo producido por el miedo; por el miedo a no ser bueno, por el miedo a no gustar, por el miedo que produce creer que no vemos las cosas tal y como son, y que por eso estemos haciendo las cosas mal. Es un miedo a no estar a la altura, a fracasar, a creer que estamos perdiendo el tiempo.
No es un simple bloqueo ni un simple miedo. Es ambos. Y eso es peor que sufrir un bloqueo de escritor común.
Si les está pasando esto, e incluso si no les está pasando, mi consejo es este, más allá de que cada cabeza sea un mundo: si les gusta escribir, escriban. Escriban sin importar qué es lo que opina el otro. Escriban sin pensar en si es original o no. Escriban sin pensar en los clásicos de la literatura, sin pensar en que no van a ser tan buenos como ellos. Escriban sin pensar en reglas, porque la escritura no tiene reglas más allá de las lingüísticas. Escriban sin miedo al fracaso, porque sólo fracasa el que no hace nada. Escriban, y escriban, y sigan escribiendo mientras el mundo gira a su alrededor. Pero no le presten atención hasta que sientan que lo que escribieron es lo que quieren que sea, hasta que sientan que así es como quieren contar la historia. Si está bien o mal, va a ser relativo. Tal vez le den el manuscrito a alguien que termine por odiarlo, y luego caiga en manos de alguien que lo ame. No digo que no lo corrijan o traten de mejorarlo, sino todo lo contrario: siempre hay algo que se puede mejorar, sin llegar a la obsesión.
Pero manténganse fieles a ustedes mismos, porque no hay nada que traiga más probabilidades de sufrir un bloqueo por miedo que intentar escribir como alguien más, como alguien que no somos. Puede haber muchas opiniones, pero sólo nosotros podemos sentir si lo que estamos haciendo está bien o mal.

lunes, 3 de febrero de 2014

El bloqueo del escritor

Después de leer las opiniones de muchos escritores acerca de este tema, saqué en conclusión que el famoso bloqueo del escritor tiene más de una variante. Si bien creo que hay más, en esta entrada voy a hablar de dos en particular, ya que son las que experimenté y de las que puedo hablar con conocimiento de causa.

Bloqueo del escritor #1: terminaste un proyecto, pero no se te ocurren ideas para empezar otro. Pasan los días, las semanas, los meses, incluso los años, y no hay ideas nuevas. Sólo páginas en blanco. Por muchos libros que leas, películas o series que mires, paseos que des para encontrar inspiración, simplemente no llega. Este, creo, es el caso más difícil de resolver porque las causas son variadas, y el más frustrante de los dos. Las ganas de escribir están, pero no hay ideas que escribir. Apesta.

Bloqueo del escritor #2: ah, el número 2. Este bloqueo sólo tiene un nombre: procrastinación. Las ganas están, el tiempo está, las ideas están. Pero, por una razón o u otra, a la hora de sentarnos a escribir buscamos miles de excusas para no hacerlo. Que tenemos que ordenar el escritorio, que tenemos que hacer la comida, que tenemos que modificar el formato del archivo porque la letra nos aburrió, igual que el color de fondo de la hoja; que queremos ver cómo quedaría en papel así que adaptamos el tamaño de la hoja y la medida de los márgenes a la de los libros que leemos (medimos incluso las dimensiones de uno que tengamos a mano, por si las dudas). Después fantaseamos con cómo sería la portada, comparamos la cantidad de páginas A5 que tiene el archivo (porque sabemos que ese es el tamaño de hoja promedio de los libros que compramos) y tratamos de sacar en conclusión qué tan grueso será nuestro libro.... Porque, hey, es muy importante hacer esto. Ni siquiera tenemos escrito por completo el libro, y mucho menos corregido, pero tenemos que saber qué formato tendría hasta el momento en papel...  Es crucial saber esto. Y una vez que lo hacemos, nos levantamos, nos estiramos, comprobamos si llueve o no, prendemos la tele y vemos un ratito el noticiero, porque en ese tiempo, seguramente, pasó algo que cambió al mundo para siempre. Comprobamos que no, así que nos vamos a preparar un café o un té, porque sino no podemos escribir...  Volvemos y descubrimos que nuestros vecinos están gritando, así que como no podemos escribir con música, o no nos podemos concentrar, esperamos a que se callen. Más tarde miramos la página en blanco, sabiendo qué es lo que tenemos que escribir, pero fantaseamos con escenas que nunca sucederán. Se nos ocurre algo, o recordamos algo, así que encendemos internet y entramos a Googlea buscarlo, y después de eso vemos la tierna imagen de un conejito, y entonces nos ponemos a buscar las biografías de los conejos más famosos del mundo... Y así seguimos por horas. Después nos damos cuenta de que gastamos 4 horas en perder el tiempo, así que escribimos 10 minutitos, en los que salen sólo 2 oraciones porque no podemos dejar de pensar en los conejitos que vimos. Entonces, sintiéndonos cansados, lo dejamos para mañana porque hoy ya no podemos seguir.
Sí, quizás es una descripción muy extensa, pero la realidad es esa: buscamos cientos de excusas, una atrás de la otra,a más ridícula que la otra, para perder el tiempo en lugar de escribir. ¡Ah, y me olvidaba de una muy importante!: revisar 10 millones de veces nuestras cuentas de Twitter y/o Facebook, porque aunque no tengamos ninguna notificación, hey, puede haber algo interesante en cualquier momento. Nunca lo hay, pero tal vez este es el día en el que nos pase, ¿no creen?

Apesta a la décima potencia, ¿no?
¡Ah, sí! Sé que no soy la única a la que le pasa esto, pero en esos momentos creo que soy la única que se pone a hacer payasadas como esas cuando debería estar escribiendo. Leo las actualizaciones de estado de otros escritores, publicados y no publicados, y pienso que nunca voy a llegar a tener una rutina como ellos o a tener tantas ideas y escribir tantos libros, porque, hey, me dedico más a perder el tiempo que a escribir.

Pues bueno, déjenme decirles algo: lograr nuestra meta depende únicamente de nosotros. Pura y exclusivamente de nosotros. De nadie más. Punto.

Ahora pasemos a cómo revolver estos bloqueos.

El primer bloqueo puede tener muchas causas, que van desde que ya no nos guste escribir, hasta la depresión severa, como en el caso de L. J. Smith, que después de la muerte de dos familiares, no pudo escribir por 10 años. Pero, calma. Ese caso no es el de todos. Creo que en este caso la única solución es primero "hablar" con nosotros mismos y tratar de descubrir qué es lo que nos pasa, por qué no se nos ocurren ideas. ¿En qué pensamos más que nada? ¿Qué problemas tenemos en la vida que nos bloquean la imaginación? ¿Escribir es lo que queremos realmente? ¿Qué había de diferente en nuestra vida cuando escribíamos y teníamos muchísimas ideas?
No digo que un bloqueo como este signifique que no nacimos para ser escritores, sino que hay que replantearnos las cosas y analizarlas. Puede que amemos escribir, pero si hay algo mal con nosotros, difícilmente podremos hacerlo. Por mucho que nos guste, por mucho que lo deseemos. Y es frustrante, muy frustrante. Pero la única solución a esto, es hacer una "retrospectiva" y tratar de encontrar el problema, con o sin ayuda profesional, dependiendo de cada uno. Yo siempre tendí a hacer las cosas por mí misma, pero no todos somos iguales en estas cosas. Este tipo de bloqueo creo que puede ir desde un tema psicológico hasta estar pensando en escribir sobre un género literario equivocado, uno sobre el cual no se nos ocurren más ideas porque ya no es lo nuestro. En ese caso, lo mejor es cambiar de género y tratar de imaginar dentro de otro que nos llame la atención, en lugar de forzarnos en uno que ya no nos llama la atención.
Confieso que nunca me quedé sin ideas, pero durante un año, por una situación de estrés, no pude escribir nada. Y la única solución a esto es descansar, y después replantearnos las cosas antes de volver a empezar. Si no resolvemos nuestros conflictos, difícilmente podremos sentarnos a escribir o hacer que las ideas fluyan.

El segundo bloqueo tiene una sola causa, como dije antes, y es la mera procrastinación (leer aquí). Es cierto que puede ser un síntoma de depresión u otro trastorno psicológico, pero creo que en la mayoría de los casos de este tipo de bloqueo no tienen nada que ver con ellos. Al menos, no en los más graves.
El ser humano suele tender a hacer sólo aquello que le provoca placer a menos que TENGA que hacer algo, que esté obligado a hacerlo. Escribir nos da placer, pero también lo hace ver televisión, comer chocolate, navegar por internet, etc. Y cuando pensamos en escribir como una responsabilidad, como un trabajo en lugar de un hobby, tendemos a reemplazarlo por algo irrelevante que nos dé más placer. Pero, ¿realmente nos lo da? ¿Realmente disfrutamos más navegando por internet, leyendo y viendo cosas que consideramos estúpidas, que escribiendo aquella historia por la que tenemos cariño especial, aquella que nos saca sonrisas y lágrimas? ¿Aquella que nos emociona y entusiasma más que todo lo que hacemos junto?
No, no lo disfrutamos más. Es una falsa sensación de poder.
Acá la razón de que esto suceda depende de cada uno, de cada caso. Puede en realidad haya algo mal con la historia, algo que nosotros no vemos, que tenemos que analizar; puede que nuestro subconsciente nos esté diciendo que algo no es como debería ser dentro de la historia y nos impida avanzar hasta resolverlo. Incluso puede que lo que hayamos escrito no sea realmente lo que queremos escribir. Y en este caso, la única solución es releer todo y tratar de encontrar el error.
Pero si releemos todo y no encontramos error, si entonces no consideramos que sta es la razón por la que no escribimos, ¿qué hacemos?
Primero que nada, establecer una rutina que no nos aburra, y hacernos a la idea de que, al menos en días hábiles, no vamos a salteárnosla por nada del mundo. Llueva o truene, vamos a escribir. Se puede hacer estableciendo un rango horario, o un mínimo de palabras por día. Seguimos por desconectar internet y alejarnos de cualquier otra cosa que pueda distraernos: televisión, música (a menos que sólo podamos escribir con ella), incluso de los libros si es necesario (aunque sólo por un momento; leer es uno de los combustibles de un escritor, el que le permite seguir conectado con las letras y alimentar su imaginación). Nuestra mente tiene que estar fijar solamente en el hecho de escribir, en avanzar con la historia. Hay que mentalizarnos que, durante ese tiempo que nos establecimos, nada nos va a distraer y vamos a alcanzar nuestra meta.
Después vamos a repetir esto durante los siguientes días, hasta que hayamos establecido la rutina y nuestra mente se haya acostumbrado a escribir diariamente sin importar más nada.
Hace un tiempo, leí un artículo (aquí) que dice que para establecer un hábito se necesitan 21 días, y para romperlo otros 21. Quizás sea conveniente que lo lean. Y de paso, dar algunas vueltas por la página, porque está dedicada a la tarea de escribir un libro y tiene muchos artículos interesantes.
Sí, yo sé. La palabra "rutina" ya de por sí suena aburrida, cansadora y deprimente. Pero una rutina no tiene por qué ser siempre "igual". Mientras respetemos las metas que nos ponemos, una rutina puede ser entretenida. Por ejemplo: nos proponemos escribir todos los días 2000 palabras. El primer día lo hacemos sin música, pero al otro día nos permitimos escuchar nuestro álbum favorito mientras escribimos. Al otro, comer una barra de chocolate o tomar algo que no tomemos siempre (chocolate, por ejemplo; sí, soy adicta al chocolate, lo admito). Al otro, no sé... cambiar de ambiente. En lugar de escribir en una habitación, escribimos en el jardín o en el patio, o en la cocina, o, por qué no, nos vamos a un café (aunque personalmente no sacaría mi computadora de la casa, pero siempre existe el papel, ¿no?, otra cosa que podemos hacer). Es cuestión de ir variando la rutina para que no nos aburra.
Algo que también es útil es tomarnos unos días para "analizar" el ambiente en el que trabajamos y buscar los aspectos del mismo que nos beneficien para escribir. Por ejemplo, a mí durante el día me es muy difícil escribir por los ruidos de mis vecinos (aunque ahora lo estoy haciendo, ¿no?). Preguntarnos en qué horario de la jornada nos concentramos más, en qué momento tenemos menos cosas que hacer y, por ende, menos probabilidades de distraernos.
En mi caso, elegí escribir durante la noche por varias razones: está todo en silencio, en casa todos duermen así que no puedo ponerme a hacer otras cosas porque sino los despierto, la televisión es lo más monótono que puede haber, en las redes sociales casi no hay gente, y las páginas de los diarios no actualizan con noticias muy interesantes que digamos. Por poner algunos ejemplos. La noche suele ser un momento ideal para escribir, pero no todos pueden quedarse despiertos hasta muy tarde. Por eso sugiero que, si es tu caso, busques un momento del día en el que puedas escribir sin tantas distracciones. Siempre hay uno. Nunca escribas cuando más probabilidades de distraerte tengas, hasta que te hayas acostumbrado a la rutina.

Pero sobre todo, hay que aprender a ignorar lo que sucede alrededor (a menos que sea una emergencia, claro) y a centrarnos en la página que estamos escribiendo. Es lo único que nos va a llevar a terminar de escribir un libro.

Otra cosa que es muy común en este bloqueo es que una historia al principio nos parece súper interesante, y el entusiasmo que tenemos, o la inspiración, es enorme. Pero a medida que vamos avanzando, va flaqueando hasta el punto del hartazgo. Ahí es cuando surge una idea nueva, que resulta mil veces más interesante. Pero aún queremos esa historia que estamos escribiendo, y la idea de abandonarla es impensable. ¿Entonces qué hacemos? Simple: seguimos escribiendo, hasta que, eventualmente, encontremos la inspiración de nuevo. Porque la inspiración no es algo que esté presente siempre. Y tenemos que aprender a trabajar sin ella. Seguir escribiendo, y escribiendo, y escribiendo, y escribiendo... hasta que cuando nos queremos dar cuenta, terminamos el libro.
Empezar a escribir una historia es fácil, pero terminarla es lo difícil. Todos los escritores pueden pasar por eso, sin excepción. Publicados o no, a todos les puede pasar. No hay excepción a la regla. Incluso a quien nunca le sucedió puede sucederle en algún momento.

Otro error muy común que lleva a este bloqueo es escribir algo pensando únicamente en publicarlo.
La historia nos encanta, queremos escribir, pero aún no terminamos de hacerlo y ya estamos pensando a qué editoriales lo enviaremos, a qué agentes contactaremos, en cómo se vería publicado... Y volvemos a la procrastinación. Antes de publicar, tenemos que terminar el libro. Nada más importa hasta entonces. Sólo escribir. La diferencia entre un autor publicado y uno no publicado es que el primero se concentró en lo que tenía que hacer en lugar de perder el tiempo fantaseando con el futuro. Sí, pensar en lo que haremos después de terminar de escribir el libro es importante. Pero de ninguna manera debe consumir todo nuestro tiempo, ni hacer que nos centremos en ello en lugar del libro.

Las distracciones siempre van a estar presentes, pero depende de nosotros que nos afecten o no. Cuando empecé a escribir esta entrada, mis vecinos estaban gritando, la tele estaba prendida, internet se veía demasiado tentadora, y tenía la intención de ir a lavar la taza de café que estaba tomando porque ya se había enfriado y, convengamos, el café frío no es muy rico que digamos. Pero en lugar de prestar atención esas distracciones, ignoré a mis vecinos, apagué la televisión, cerré la pestaña de Facebook y dejé el café en donde estaba, y me concentré en escribir esto. Después de los primeros párrafos, mi mente sólo estaba fija en la entrada. Ahora concentrarme no me parece tan difícil. Pero mañana va a volver a serlo, y voy a tener que hacer todo esto de nuevo. Es cuestión de ignorar y centrarse en lo importante, de mentalizarnos en lo que debemos hacer, en lugar de lo que podríamos hacer.